“Un niño siempre puede enseñar/ tres cosas a un adulto:/a alegrarse sin motivo,/a estar siempre ocupado con algo,/y a saber exigir con todas sus fuerzas/aquello que desea”. Leí eso en algo que había escrito Paulo Cohelo. Y es cierto.

El otro día descubrí que todavía me gusta mojarme con la lluvia, pisar un charco y esperar que salpique, que soy capaz de pasarme horas entre los aparadores de una librería o una juguetería, que todavía me parece un buen lugar para explorar el cañaveral del fondo y aún me asombra lo que encuentro en el jardín de mi abuela.

Ahora, que soy una persona mayor con responsabilidades y necesidades, ver a mis hijos ha hecho darme cuenta que aún sigue intacta mi capacidad de asombro y aún puedoa jugar, reír, ver caricaturas, andar en bicicleta, observar las personas y caminar sin motivo. Pregunto todo lo que se me ocurre, suelto una verdad aunque haya quien se enoje, me da miedo pensar que no va a estar siempre la gente que quiero…se ha despertado en esta persona grande algo del ser infantil que fui en otro tiempo.

Vivimos sumergidos en un mar de problemas, recuerdos, deseos materiales y afectivos, soñados pero no vividos, con miedo al tiempo que vemos como transcurre y no logramos cumplir nuestros deseos sin darnos cuenta qué es lo verdaderamente importante ni que nuestros hijos pueden, también, ser maestros.