caz2Una lejana primavera, hace exactamente un siglo, los muchachos echaron mano a la pluma y el papel y apelando a la inspiración escribieron al diario para explicitar su admiración a la belleza o la personalidad de alguna sanducera. Corría el año 1915 cuando diario El Telégrafo convocó a un “concurso de siluetas” que fue, en verdad, todo un suceso.  El concurso, una pinturita de época.

Es difícil imaginarse a Remy Leblanc. Hoy no sabemos quién se escondía tras ese seudónimo, ni si iba a la Redacción a escribir. Sabemos sí que era una mujer de gran personalidad y quizás la primera que se ganó un sitio en las páginas de diario El Telégrafo, de Paysandú (Uruguay).
En la segunda mitad del año 1915 este medio comenzó a publicar una columna dedicada a las mujeres –aunque cabe suponer que tenía un público mucho más amplio—en la que bajo el seudónimo de Remy Leblanc ella escribía sobre cuestiones de interés femenino, a la vez que respondía las variadas consultas de las lectoras. Sólo sus consejos y reflexiones –que, entre otras cosas la perfilan como defensoras de los derechos de la mujer– dan tema para un artículo, pero no es eso lo que nos ocupa hoy.
Nada más queremos señalar que en aquella época en que el periodismo era un ejercicio puramente masculino esta mujer no sólo supo ganarse un lugar desde donde dirigirse a sus congéneres sino también convencer a la Dirección del diario para organizar lo que para la época era toda una innovación: un concurso de siluetas.
Y si bien a nuestros oídos esto puede sonar a un concurso de belleza, nada más lejos. Era un concurso literario para homenajear a la belleza sanducera.
“Nuestra distinguida colaboradora que se oculta con el ya prestigioso seudónimo de Remy Leblanc ha concertado con la Dirección de este diario las siguientes bases del Primer Concurso de Siluetas Femeninas cuya originalidad y procedimientos han de tener la más franca acogida en nuestros numerosos favorecedores por quienes El Telégrafo se ve obligado en compensar tantas atenciones y preferencias espontáneas puestas en evidencias en distintas y constantes oportunidades. Estas consideraciones breves no van a manera de reclame sino como una manifestación sintética de nuestro reconocimiento al cual no necesitamos exornar de retórica ya que la sinceridad de todos nuestros actos periodísticos están lejos de requerir ese artificio que no convence a nadie cuando la verdad no le sirve de base. Esta iniciativa tomada por al señorita Remy Leblanc y que la Dirección de El Telégrafo acoge con el mayor entusiasmo constituye una desconocida novedad implantada por la prensa moderna y cuyo éxito dependerá por exclusivo de la benevolencia que nuevamente nos vuelva a dispensar el público”, decía el artículo periodístico en el que se presentaba el concurso y sus bases.
El concurso quedó abierto el 21 de setiembre de 1915 y, según las bases, podían intervenir solamente caballeros. Las siluetas debían ser remitidas en sobre cerrado a la Redacción del diario y los autores podían firmarlas con seudónimo, aunque en sobre aparte debían dejar constancia de su identidad aunque ésta podía no ser publicada.
Bajo en nombre de “siluetas” fueron publicadas durante algo más de un mes y por orden de remisión, una serie de semblanzas en las que se exaltaba o elogiaba las virtudes y belleza de jovencitas sanduceras.

Plebiscito popular

El concurso, si bien empezó tímidamente luego se convirtió en todo un suceso, llegándose a publicar hasta cuatro o cinco siluetas por día, algunas escritas en prosa, otras en verso. Eso sí, “ninguna podía superar la extensión de una carilla de papel de block común, escrita a mano”.
Un mes después, debido al interés suscitado entre los jóvenes sanduceros se extendió el plazo inicialmente previsto y el 16 de noviembre fue anunciado el resultado al cual se llegó en un plebiscito popular.
Podía participar como votante toda persona que depositara en las urnas instaladas un cupón que se publicaba en las páginas del diario,  el cual debía ser completado con el número de publicación correspondiente a la silueta de su preferencia.
De los cupones remitidos resultó triunfalista la silueta numero XXIII firmada con el seudónimo de “Aedal”, publicada en la edición Nº 1.576 de EL TELEGRAFO el 19 de octubre de 1915. Esta silueta inspirada por “la gentil señorita Adelita Carzolio” tuvo 263 votos.
No obstante, no trascendió públicamente el nombre del autor de dicha silueta, que prefirió “guardar el más riguroso incógnito y por lo tanto no nos es posible dar su nombre, ni adjudicarle el premio estipulado en las bases del concurso”, según lo publicado en el artículo en que se informaba sobre los resultados del concurso. El premio consistía en “un artístico alfiler de oro para corbata”. El se lo perdió…vaya uno a saber por qué causas.

La «silueta» ganadora

XXIII
Todas hermosas son las mujeres de Paysandú, todas encantadoras, más entre todas es la más bella esta que perfila mi pluma aunque siéntese temerosa de ajar la impoluta belleza de esta virgencita sanducera a quien el Uruguay ofrenda la perenne canción de sus musicales barcarolas.
La hemos visto pasar por nuestras calles, los últimos días toda vestida de azul celeste. Tiene los ojos de lumbre, la carne de nieve y chiquita la boca, menudos los dientes, pequeñas las manos, preciosas mejillas de sangre y de leche, nariz afilada, la frente de seda, cabellos hendirnos y muy opulentos, los labios de guindas, drosellas y mieles.
Es de gentil y mediana estatura, tiene el ingenio muy despierto y agudo y una voz tan divina que si habla parece arpegio; y si canta, parece que cantara la alondra, ríen en las fuentes. Y si tan precioso y seductor es tu cuerpecito, imaginad la magnificencia de su espíritu excelso. Es un alma luz, alma virgen, alma sol: pura como la mirada de una madre, blanca como el pétalo de un lirio.
Ama a los pobres y ama a los niños, y aunque ella no puede tener enemigos, su noble corazón perdona todos los errores, compadece a todos los caídos y ruega por todas las maldades. Es una joven verdaderamente religiosa, y lleva la antorcha de la fe en la mano, la bandera de la caridad en la otra y la mitad de corazón a Dios.
Su nombre comienza con la letra inicial de Adoración, su apellido con la primera letra de Cielo. Vive en una monísima casita cercana al puerto. O mejor, vive en el corazón de cuantos la hayan visto una sola vez en la vida.
Su edad: muy joven pero no sé sus años. Al fin ¡qué importa! Los ángeles no tienen edad. Es una muñeca, un astro matutino, una flor, una reina, un panal de Ambrosía, una estatuita de iglesia, una virgencita de Nazareth. ¡Feliz, mil veces, quien reine soberano en ese corazón todo idealidad, todo belleza, todo virtud, todo amor! Aedal.

De lejana primavera

Dónde se veían, qué virtudes admiraban, cuál era el ideal de belleza de la época, la educación que tenían, cuáles eran sus lecturas, sus ilusiones juveniles, quizás su corazón enamorado…Todo eso ofrecen las “siluetas” que compartimos.
Dormían en las amarillas páginas de diarios viejos y esta primavera despiertan para hablarnos de la inspiración y los amores juveniles de nuestros abuelos. Y del Paysandú de aquellos tiempos…

Quisiera que esos ojos me miraran

Para delinear los suaves contornos de sus líneas, para describir el garbo de su perfil y de su porte, sea el espejo quien mejor lo haga. Tienen sus ojos el color esmeraldino de las olas, y cuando la alegría los ilumina, parecen que copiaran del cielo sus diáfanos colores. Quisiera que esos ojos me miraran siempre pero… ¡qué han de mirar si en un crepúsculo que los vela, parecen fijos, siempre hacia arriba, soñando tristes, fugitivas esperanzas! Su rostro de una entonación alabastrina, denota una atracción de irresistible candor, de sencillez, de ternura.
Castaños son sus cabellos, y sus labios de tinte delicado y finos, como pétalos de la hermosa rosa de York. Diríase que por encima de todo convencionalismo y miramento social, dejase ilusionar por una vehemente y espontánea pasión. Vive en la calle más céntrica y su nombre es el mismo dela protagonista principal de una obra que tanta fama dio a Puccini. Do-Do.

¡Eureka!

En una encuesta que la importante revista parisina “Le Vie Hereuse” hizo entre los poetas de prestigio de la tierra de Corneille, acerca de cuál sería el tipo ideal de mujer que amarían, Gustavo Lafargue, describió así al suyo: “La exijo más bien alta, flexible como una Diana; graciosa como la Bernhardt en “L’apostol”, de cabellos cetrinos como una ala de cuervo, de ojos abismales y ensoñadores, de tez morena y tersa, como una hija del Sol radiante; altiva y gallarda como la propia Helena”.
Y el tipo ideal del poeta francés, lo he encontrado con el mismo nombre de una actriz del teatro galo, con un apellido que comienza con las tres primeras letras de otra acepción del Universo y que mora en la plaza Constitución. Si Lafargue la viera, gritaría al instante: ¡Eureka! Tirsis.

Sus ojos

Agotados en ella todos los dones
Que guarda el alto cielo
Para hacerla elegante, hermosa, buena
Y con singular talento,
El supremo Hacedor, quiso en sus ojos
Poner sacro fuego,
Y débil encontrando de los astros
El resplandor eterno,
Tomó a los ojos de cupido el rayo
Y en ella lo puso luego
S

La sultana del barrio

Mi “elegida” ha poco que es con nosotros. Vivió en un ciudad vecina. Es una “chica” que sugestiona por su chic, por su belleza, por su elegancia ingénita.
Su altiva testa la ha bruñido el astro rey. El alabastro copió su alba uniformidad, en aquella cara ojival y picaresca. Cuando desfila rítmica, derramando su gracia salerosa, paréceme que de un “agua fuerte” de Rusiñol se ha “guillado” la sultana del barrio a la busca de la verbena.
En la soledad de su casa solariega en el ejido de la ciudad, me imagino como a la Mari Juana de “Tierra Baja”, protestando con la copla, lejos del bullicio pueblero que es su vida, su espíritu todo:
A la puerta de mi huerto
No me vengas a cantar
Pué, si no me quitas las penas,
No me las vengas a dar.
Er tio Piporro.

Como el amor que pasa

Ella es así: como el amor que pasa… Como el clavel mimado de un viejo patio andaluz! No se si será la negrura de sus bucles o sus cejas, alas simétricas de un águila idealista en viaje hacia lo azul, lo que le da el encanto misterioso que tienen las sombras del bosque en las noches románticas de luna. Su cuerpo posee el vaivén coqueto de los gajos movidos por la brisa y deja al pasar, el aroma que dilata los pulmones cuando se mueve el ramaje de la arboleda.
Sus ojos: dos puñaladas. Dos apaches embozados en el barrio de Montmatre, hablan de sus nostalgias íntimas; mientras su boca, como herida nueva por sus bordes rojos, tiene sobre los labios un beso en flor que ha cerrado los pétalos para quedarse dormido.
Una sonrisa subjetiva de alma superior, le da irradiación a su hermosura, que parece una madonna de Dolce o Corregiao.
–Dicen que tiene novio y ella dice que no…querrá tenerlo tan lejos!
Sanduceros que la veis pasar de tarde, cuando el sol se desmelena, dejando en el camino los piropos de su gracia no sabéis quien es? Tomó parte de un concurso de belleza. Vive cerca de una casa de comercio que tiene el nombre de una diosa. Perdona si la serpentina de mi silueta puede herir al paje que de noche rondara tu jardín. Pero tu eres así: como el amor que pasa…como el clavel mimado de un viejo jardín andaluz. Montevideo, octubre de 1915. Antenor.

Flor sanducera

De que es una hermosa flor del jardín sanducero, confírmalo su propio nombre. Si es reina entre las flores es también reina por sus sentimientos, por sus ideales, por su inteligencia y por su amor al estudio. Está predestinada a brillar, con el brillo de quien posee cualidades propias y sobresalientes. Flor y mujer, será siempre la encarnación de la hermosura, que suscita sentimientos admirativos en cuantos tengan culto por la belleza. ¿Su apellido? Tuvo prestigio en un alto puesto de la localidad. Si queréis más datos, id por ella al Liceo. Omar.

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