Mientras termino de aprontar el equipaje el mar ruge afuera. Hay viento y las olas embravecidas no han dejado de golpear la costa en todo el día, el primero de bandera roja y playa despoblada y la excepción en unas buenas vacaciones playeras en familia. Se me ocurre que es una muestra de cómo ha de ser este lugar en el invierno y me parece igualmente bello.  Un sitio ideal para inspirarse y escribir. O leer. En este punto pongo en pausa el armado de la valija y empiezo a escribir este post. Un balneario con vida de pueblo y una biblioteca popular de cara al mar, con una huerta orgánica comunitaria y vecinos que construyen rampas accesibles en las bajadas a la playa, lo ameritan sin dudar.

Nunca escribí sobre mis vacaciones. Todavía pienso que uno puede ir y volver donde sea que vaya sin necesidad de publicarlo en un blog ni en una red social. Pero este año vi en Santa Ana cosas que merecen la pena ser contadas más allá de la anécdota personal.

Comenzamos a venir a este lugar hace 15 o 16 años y aunque no hemos sido fieles todas las temporadas, hemos regresado una y otra vez.   Su costa ancha de arena fina, la vista de todos los cerros del entorno de Piriápolis recortándose en el horizonte, la posibilidad de disfrutar en familia con la tranquilidad de una vida de pueblo, el aroma a eucaliptus y salitre que te inunda los pulmones y las callecitas interminables entre la arboleda, son atractivos de por sí valiosos para que uruguayos de distintos lugares del país –y algunos argentinos también– sean adoptados por el balneario aunque piensen que es al revés.  Dicen que tiene “buena vibra”, que hay gente que viene a meditar.

Vida de pueblo de cara al mar

Santa Ana se encuentra en el kilómetro 74 de la Ruta Interbalnearia, en una zona limítrofe entre Canelones –a cuya jurisdicción pertenece– y Maldonado (que queda a unos escasos 30 kilómetros) y también en un lugar en el que las aguas del río de la Plata comienzan a fundirse con las del Océano Atlántico.  El agua es salada y muy transparente en los mejores días. Abunda la arena y escasean los caracoles, debiendo los caminantes orilleros conformarse con recoger algunas almejas, caparazones rotos de mayor tamaño y una gran variedad de piedras de diversos colores y tamaños. Por contrapartida, la costa es totalmente disfrutable durante kilómetros y kilómetros en los que se suceden los balnearios y los núcleos poblados en torno a ellos: hacia el Oeste Sierra del Mar, Cuchilla Alta, Biarritz, San Luis, Guazubirá, entre otros. Hacia el Este Jaureguiberry –con su novel escuela sustentable, la primera de América Latina–, Solís, Playa Verde, Playa Hermosa, Las Flores, Bella Vista, Piriápolis (cuyos cerros son el telón de fondo de la playa de Santa Ana).

A pocos minutos de viaje de la ciudad fundada por Piria y con la posibilidad de llegar a ella por la ruta 10 con su panorámica espectacular, los paseos familiares pueden incluir la ascensión a los cerros de la zona –Cerro Pan de Azúcar, Cerro del Toro, Cerro de los Burros y Cerro San Antonio–, la reserva de fauna de Pan de Azúcar o, el circuito místico con visitas a los castillos de Piria y Pittamiglio, el circo Tranzat (ubicado este año en el Castillo de Piria). Los amantes de la pesca tienen múltiples opciones en distintos lugares de la costa.

Unas 300 personas viven en Santa Ana en forma permanente y ellos son el alma y el motor del lugar. El balneario cobró trascendencia este año en los medios nacionales debido al salvataje heroico de una familia –una madre y dos hijos de 8 y 14 años– realizado por el guardavidas Marcelo Pisano y por Carlos Ramos, que salvó a una vecina del grupo familiar que se había tirado al agua intentando ayudar.

No hay muchos comercios en Santa Ana, salvo dos o tres minimercados, algún puesto de torta fritas, una pizzería, dos restaurantes, una barraca y poco más. El Abitab y cajero automático más cercano está a unos 8 minutos en auto en Cuchilla Alta (donde hay también carnicería, panadería, heladería, farmacia, dentista y asistencia médica, un parque de diversiones, central de Antel  y una media docena de pizzerías, restaurantes)  la vista yendo por Sierras del Mar es sumamente recomendable. Si se quiere comprar plantas, el vivero más cercano está en la entrada de Balneario Argentino.

En los últimos años la construcción ha crecido en la zona y los lugareños aseguran que también han aumentado los precios de los terrenos.  Justamente, de quienes viven aquí  es de quienes quiero contarles.

Los vecinos, el alma del lugar

El centro de la vida social y cultural de este balneario es la Sede Social Santa Ana, lugar a cargo de una Comisión de Fomento conformada por personas que han elegido este lugar para vivir en forma permanente o casi permanente.

Allí se realizan distintas actividades recreativas y culturales y funcionan varias subcomisiones encargadas de llevar adelante distintas iniciativas en pro de la mejora y cuidado del entorno.

De eso nos enteramos el segundo día de nuestras vacaciones al bajar a la playa.  Cuando estábamos llegando un hombre –al ver que en nuestro grupo iba un integrante de la familia que utiliza silla de ruedas– nos detuvo y comentó que estaban arreglando la rampa cuyo tramo final estaba un poco complicado de utilizar debido a un corrimiento provocado por la última gran tormenta.

Cuando llegamos vimos un cartel que decía «rampa realizada con apoyo de los vecinos»  y  a una media docena de hombres cavando, desclavando y volviendo a clavar maderas. De inmediato ofrecieron ayuda para acceder a la playa y se mostraron felices que alguien que realmente necesitaba la rampa la estuviera utilizando. Integrantes de  nuestra familia se sumaron a la tarea y también otra pareja joven que andaba en la zona.

Mientras ellos terminaban de acomodar la rampa, una vecina llamada Aurora nos contó que la obra había sido hecha enteramente por los vecinos nucleados en la Comisión Vecinal y que la Sede también contaba con una biblioteca popular que atiende como voluntaria. Nos invitó a un festival de tango y a una feria artesanal que se reeditaba en esos días por segunda vez (hubo una en diciembre y habrá otra en febrero), que se difunde en un altoparlante de motocicleta y con coloridos carteles pintados a mano en bolsa de arpillera blanca colocados en las bajadas de la playa.

 

Yo ofrecí donar un ejemplar (¡había llevado uno solo!) del libro «Tierra de la Esperanza» para la biblioteca de Santa Ana y al día siguiente se lo llevé a su casa. Allí nos recibió junto a Mario, su esposo. Nos contaron su historia, cómo al jubilarse eligieron Santa Ana para vivir en forma permanente, nos mostraron su huerta y nos regalaron una hermosa planta llamada flor de nácar.

Aurora también me regaló tomates cherry amarillos y rojos y me enseñó cómo extraer sus semillas para que no se echen a perder y así poder guardarlas para plantarlas en el momento oportuno.

Ellos lo aprendieron yendo a la Huerta Escuela Comunitaria “Sembrando Vida”. Se trata de un  proyecto de agricultura orgánica impulsado por la comunidad del balneario Santa Ana. Forma parte de la red social de la Comisión Pro Fomento de Santa Ana, con el fin de integrar a la población local y mejorar su calidad de vida.

Esta huerta constituye un importante proyecto de carácter social con proyección en la zona, que ha recibido visitas de escuelas de otras localidades y que, cada sábado, durante todo el año abre sus puertas a la comunidad para comercializar su producción, ofreciendo vegetales de gran calidad.

Biblioteca y “cuca fresca”

En la sede social, ubicada en la rambla y Calle 13, también funciona –los lunes y jueves de 18 a 21 horas en verano—una pequeña biblioteca fundada por los vecinos, que se provee de donaciones de los habitantes del lugar y cuyos principales usuarios son personas mayores residentes en la zona.

Con Aurora hablamos un buen rato sobre libros y dinamización cultural desde un espacio bibliotecario, le conté de la biblioteca popular de pueblo Esperanza (Paysandú) fundada por un grupo de mujeres rurales que se dedican a la elaboración dulces y mermeladas. Se interesó por conocer sobre el proyecto Tierra de la Esperanza, que desarrollamos en 2016 con apoyo del Fondo Concursable para la Cultura. Hablamos de las dificultades de poner en funcionamiento y mantener activa una biblioteca popular y de la necesidad de la existencia de estos lugares para el acceso a los libros, la lectura y la construcción de ciudadanía.

Me comentó que había conseguido una heladera para hacer una «cuca fresca». Lo que no me dijo o no entendí es que ¡esa misma semana la dejaría instalada!

Una mañana, al pasar frente a la sede social Santa Ana, vimos una vieja heladera General Electric pintada de vibrantes colores con la inscripción: «Lleve, lea y devuelva». Simplemente ¡genial! ¡Buena ésa, Aurora!

Al abrir la heladera nos encontramos varios libros, novelas, revistas de distinto tipo.  La biblio-heladera o»cuca fresca» llamaba la atención a quienes pasaban que al verme abriéndola también se detuvieron a mirar y comentar.  «Tiene libros pero parece una heladera, pueden ir a sacar para leer», dijo una madre a sus hijas. ¡Era una heladera, señora!

En la víspera del regreso a casa, fuimos a despedirnos de Aurora y Mario.  Nos contó que  la primera «cuca fresca» la había visto en San Gregorio de Polanco hace 20 años en un viaje que había hecho junto a su esposo para celebrar las Bodas de Plata.  «Desde entonces me había parecido una buena idea, y ahora desde que vivo acá y estoy con la biblioteca esa idea me andaba en la cabeza», dijo.

Añadió que al instalar la heladera en el frente de la sede social había puesto «cierta cantidad razonable, pero no tantos» libros y revistas «hasta ver qué pasaba» con la «biblioteca móvil -heladera».  «Es la primera vez que ponemos algo así con libros en la vía pública y no sabíamos qué pasaría. Uno no puede descartar que alguien los rompa o destruya …aunque sería raro acá…pero ¿sabés qué?», me preguntó.

–Si, se lo que me vas a decir porque hoy fui a devolver las revistas y vi el contenido de la heladera, comenté.

— ¡Si! No solo está todo perfecto, sino que se han llevado libros y revistas para leer y ¡alguien se tomó el trabajo de ordenar perfectamente todo por tipo de material en los diferentes estantes!

No hay duda que este balneario, una cuenta más en el hermoso collar de la Costa de Oro y costa océanica uruguaya, tiene una belleza singular y relajante. Posee un toque aún agreste que invita a salir a caminar para descubrir nuevos rincones del centro poblado o a transitar la orilla sin más aspiración que recibir la brisa fresca en la cara y la caricia juguetona del agua en los pies mientras la siguiente ola se encarga de disipar en la arena todo rastro de ese andar por andar.  Sin embargo, como suele ocurrir, no solo el paisaje sino la gente de un lugar es lo que hace de él un sitio para el regreso y el reencuentro.  Y vaya si lo pudimos comprobar nuevamente esta vez.