Los grandes deberíamos fijarnos mejor en las lecciones que cada día nos dan los chicos. Desde el espacio cómodo y disimulado de una silla playera, con el gorro sobre la cara y los ojos cerrados, me divertí a mis anchas.
Ellos habían llegado sin darse cuenta que yo estaba allí. Eran los más chicos del cumpleaños. Dijeron que los otros –que eran apenas tres o cuatro años más grandes que ellos—los trataban como bebés.

Tenían razón. Había visto que cuando ellos entraban al inflable casi siempre buscaban un pedacito que en vano intentaba ser propio o terminaban bajándose y jugando a otra cosa. Los “otros” tenían piernas más largas, saltaban más alto y, en ocasiones, se les venían encima peligrosamente.

Ahora, que casi todos se habían ido, ellos encontraron lo que habían estado buscando: un lugar en el que se sentían cómodos. Acodados en la valla de palos que delimita un alto terraplén hacia el río, conversaban.
Mi primer impulso fue decirles que salgan de ahí, que no era conveniente, que era peligroso, que …

-«¿Viste qué lindo?», dijo él.

–“Sí, es hermoso este lugar parece un cuadro», respondió ella. Y yo me quedé boquiabierta.
Apenas se conocían pero, además de la edad y la altura, tenían otras cosas en común como para compartir un punto de vista.

Dijeron que les gustaban los barcos y que nunca habían subido a uno. Claro que eso no es impedimento para dejar volar la imaginación a los cuatro años.
El dijo que cuando grande navegaría muy lejos y ella preguntó si no le daba miedo el agua. Respondió el caballero que no, porque aprendería a nadar y además tenía un flotador que le habían dejado los Reyes.
Ella había visto películas de barcos y sopló para enseñarle cómo era que el viento empujaba las velas. Ahí fueron cuando se metieron en una discusión técnica respecto a cómo usar el favor del viento para hacer ir el barco hacia donde uno quisiera. Varios minutos estuvieron en eso y como no lo resolvieron, acordaron que si el viento no ayudaba lo mejor era esperar que soplara del lado que sirviera.

“Si, pero si te quedás sin comida vas a tener que volver a buscar”, dijo ella. Y acto seguido rectificó: “O pescás”.
No podía ver sus caras porque todo el tiempo estuvieron mirando el río. Imaginándose surcando mares, dominando el viento y el arte de la pesca…

Luego una vocecita dijo: “¡Qué lindo que está el río aca! Vamos a mirarlo un ratito más”.

Y –¡oh, milagro!—se quedaron quietitos ahí, sin decir nada.