Hace poco tomé un curso de literatura infantil y una de las primeras tareas fue rememorar nanas, canciones de cuna, canciones para jugar, trabalenguas, rimas infantiles, poemas…Haciendo un esfuerzo para recordarlas, llegaron a mi mente imágenes visuales de una situación placentera: el juego.

Arre caballito, vamos a Belén
Que mañana hay fiesta y pasado también
Arre caballito, caballito arre
Que si no a Belén, llegaremos tarde…

Es la voz de mi abuelo la que canta esa canción, que probablemente cantó a sus hijos y me pregunto ¿donde la habrá aprendido? Es el tipo de canción cristiana que festeja la Navidad, el nacimiento de Jesús en un lugar llamado “Bet Léhem” o “Casa de Pan”, porque es eso lo que significa Belén en hebreo.

La letra denota la urgencia por llegar para no perderse la fiesta. La anáfora del primer y tercer verso encarnan la urgencia y el “arre caballito” se convierte casi en un estribillo y la repetición de la “r” que exageraba mi abuelo resuena en mis oídos mientras recuerdos sus ojos celestes detrás de los lentes de montura gruesa. El abuelo cantaba “arre caballito” mientras me mantenía montada en una pierna que comenzaba a moverse despacio al inicio de la retahíla e iba aumentando el impulso ya para el segundo verso, mientras el tercero y el cuarto corrían en galope desenfrenado y mis risas se confundían con el canto.

Yo también cantaba y él, de paso, me enseñaba a pronunciar las “r” a una edad -quizá los dos o tres años en mi recuerdo- en que eso puede llegar a ser un asunto bastante complicado en una época en que para aprender a pronunciarlas rara vez ibas al fonoaudiólogo.

Un tiempo sin tiempo

Uno no recuerda esas retahílas y cancioncitas por su letra o significado. Uno aprende la letra y canta la melodía porque le gusta el juego. Son recuerdos emotivos grabados a fuego en algún estante de la memoria. Un tipo de estante que puede permanecer cerrado por mucho tiempo hasta que un día, la llegada de tus propios hijos, nietos o sobrinos hacen que esa melodía y esas palabras hechas canción salgan de tu boca casi por milagro. Y uno disfruta con la risa cantarina de los hijos mientras te ves a tí misma fuertemente tomada de las manos de tu abuelo y el recuerdo transita a galope tendido un puente de risas en un tiempo sin tiempo.

Como la repetición de este tipo de frases, además de mejorar la dicción, seguramente fomentan la memoria, mi recuerdo navega por los juegos de palabras y ahora es mi padre el que canta mientras yo marcho en posición de desfile (¿por qué haría eso?) y él y mi madre se ríen mientras toman mante bajo el parral en verano.

¡Aserrín! ¡Aserrán! Los maderos de San Juan
Piden pan y no le dan
Piden queso y le dan un hueso
por el pescuezo
¡Aserrín! ¡Aserrán!

La magia de un sana sana

Cuando pienso en mi madre no puede faltar ésta:

Sana, sana, colita de rana
Si no sana hoy sanará mañana
Sana, sana, colita de sapo
si no sana ahora, sanará en un rato.

Palabras mágicas para curar rodillas y dolores de panza. Cuando tienes 3 o 4 años no hay ninguna medicina, absolutamente ninguna, que tenga tan rápido poder de sanación como esas palabras de una madre mientras masajea la parte dolorida del cuerpo infantil. Pero lo mejor era que ese “versito” terminaba siempre con un besito. Y listo…Del llanto se pasa a la risa y ¡a seguri jugando!
La fórmula mitiga el dolor, es una ayuda psicológica para superarlo y hace pensar que todo está bien porque mamá está ahí siempre para protegerte y cuidarte.

Me pregunto qué impacto tendrá en al vida adulta no haber tenido la bendición de tener quien te hiciera “arre caballito”, “sana sana” o te hiciera la seña de cortarte el pescuezo para que tú salgas corriendo y riendo al terminar “¡Aserrín!, ¡Aserrán!”, y sobre todo, quien no haya tenido la oportunidad de curarse mágicamente con un “sana sana”.

Written by Rotafolio