Después de leer este libro por primera vez, cuando todavía estaba en proceso de escritura, me quedé pensando en la riqueza de nuestros pueblos.

Yo también soy de un pueblo del interior de Paysandú, cuyas memorias – o parte- escribí en 2016. ¿Y saben qué? Más allá de las circunstancias propias y la identidad característica de cada lugar, es sorprendente cuánto en común tienen nuestros pueblos, especialmente éste, Queguay, y el mío, Esperanza. Ambos surgidos a la vera de la vía del tren.

En el pasado el ferrocarril marcó fuertemente la identidad, el modo de vida, la producción, el comercio. La época de los grandes comercios que intermediaban con la producción, la época de ir a la estación a ver pasar el “Nocturno”, la época en que los vecinos hacían caminos, de las kermeses de las escuelas con grupos en vivo (y con generador), del surgimiento de nuestros cuadros de fútbol locales…yo esa época no la viví pero la conocí desde gurisa. Porque formaba parte de cada comida familiar. Y de tanto escuchar las anécdotas uno termina por conocer y querer a los personajes de ellas.

La estación «más linda del país»

Nutriéndose de todo eso, la localidad de Queguay toma como una bandera el tener «la estación más linda del país» y está transformando su pasado en un motor del presente, apostando ser parte de un circuito turístico rural a partir del trabajo de su propia comunidad.

Así que para mí es un privilegio estar hoy con ustedes con ustedes con quienes comparto el haber vivido en un pueblo. ¿A qué ustedes también en sus casas escucharon las anécdotas de sus mayores en cada comida familiar y conocieron más del pueblo gracias a ellas?

En cada pueblo hay personajes y vidas que merecen ser conocidas y contadas. Gente común que difícilmente va a estar en un libro si no viene alguien y dice: señores, lo que ustedes tienen vale mucho y no puede perderse, hay que contarlo.

Y es ahí donde aquello de lo que no se hablaba se vuelve tema cotidiano y aparece, una y otra y después otra historia, aparece gente con historia que ni sabíamos que existían y ¡resulta que la tenía guardada en su memoria el vecino!

Esos aportes son fundamentales, sin ellos no existiría el libro. Pero déjenme decirles que tener hoy un libro en sus manos es mucho, muchísimo trabajo. Hay que recoger las historias, pensar mucho como es la mejor forma de contarlas, utilizar alguna técnica específica para hacerlo, darle una estructura más o menos coherente a esos relatos, escribirlos, leerlos, reescribir lo que haga falta, volver a leer, corregir los errores ortográficos, verificar fechas, buscar documentos, fotos y preparar todo eso para mandarlo a imprenta… Es un trabajo que se vuelve invisible cuando uno tiene el producto, el libro en las manos.

Por eso, para mí es un privilegio estar en esta mesa, con esta gente que tenemos tanto en común, como la inquietud vital de hacer y escribir en medio de múltiples obligaciones cotidianas laborales y familiares, porque a ninguno nos sobra el tiempo.

En cuanto al contenido del libro, es muy ameno, utiliza un lenguaje sencillo y tiene un estilo básicamente testimonial.  Me parece un acierto que la voz de quien escribe y cuenta apenas aparezca. La desaparición del narrador nunca es total pero tampoco es inocente. Siempre es un acto de voluntad, una renuncia si se quiere, para privilegiar a otros aspectos del relato o los protagonistas.

En este caso, Marco, aparece muy poco, su voz cuando aparece es sólo para ir conectando cosas, dando el contexto de los hechos que se cuentan. Lo que se privilegia en este libro son las voces de los protagonistas y/o narradores de la memoria del pueblo.

No es un libro de historia, sino de memorias

Es una polifonía de voces que cuentan memorias. El relato surge a medio camino entre la memoria y el olvido.

La memoria siempre está permeada, consciente o inconscientemente, por la subjetividad (tampoco la historia es totalmente objetiva) del que cuenta y del que escribe.

Hay distintos tipos de memoria: memoria individual, grupal, colectiva. El libro que escribió Marco Rivero es un gran aporte como registro de varios de esos tipos de memoria.

También es un aporte para las futuras generaciones, para que conozcan más de sus raíces. Y  no crean que eso a los jóvenes no les interesa. ¡Les interesa muchísimo! Solo que son temas sobre los que hoy en día comúnmente no se habla y por eso mismo hay que abrir espacios para hacerlo ya que difícilmente se pueda querer lo que no se conoce. Por eso pienso que este libro contribuirá a que los queguayenses quieran más a su pueblo.

Además, contribuye a rescatar del olvido la diversa, compleja pero riquísima identidad e idiosincrasia de nuestros pueblos, esos donde un distraído puede pensar que no pasa nada pero, paradójicamente, dan lugar a libros que, como éste, podrían tener muchísimas más páginas.

¡Por más pueblos con libro, salud!

Mag. Juan Pardo, periodista Marco Rivero y Lic. Carol Guilleminot, durante la presentación del libro «Historias de Queguay: aires de pueblo y estación» en la 6ta. Feria del Libro de Paysandú