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Hacía calor, mucho calor en el centro de la ciudad. El termómetro callejero instalado frente a un comercio marcaba casi 40 grados. A las seis de la tarde casi no se puede salir a la calle estos días salvo por una urgencia, o por trabajo. Por esto último dejé el agradable ambiente de aire acondicionado de la redacción y salí a hacer una nota.

Como todo el mundo, iba por la vereda de la sombra, la única que tiene transeúntes cuando reverbera el sol, cuando la ví. Venía en dirección contraria a mí con un bebé más o menos de la edad de mi hija pequeña en brazos. Lloraba y hacía pucheros: la madre, no el bebé.

Me detuve y la miré. No veía, hablaba por teléfono mientras las lágrimas le corrían por la mejilla. Caminaba rápido y pasó como un rayo por mi lado.

¿Qué cosa hace llorar de esa manera en plena calle a una mujer? Seguí caminando, imaginando una respuesta al dolor de la desconocida y que seguramente no tengo el derecho a saber. Sin embargo, su imagen me persiguió el resto del día. ¿Qué cosa hace llorar así a una mujer? Mejor no pensarlo.

Foto: Osvaldo Gon (Flickr, CC).

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