Irene Sosa-RotafolioHay veces en que el oficio de periodista te da la satisfacción de haber podido registrar para la historia la vida y el sentir de alguien a quien muchos recuerdan después de su muerte. Me pasó eso con Irene Sosa –la Negra para los amigos– a quien entrevisté hace algo más de veinte años.

En la actualidad un complejo deportivo de la Intendencia y una travesía de aguas abiertas para niños organizada por el Club Remeros Paysandú  llevan su nombre, pero en 1994 no tenía casa y vivía sola en uno de los pabellones del Hospital. Nunca había hablado personalmente con ella pero era alguien cuyo nombre se conocía como una referente importante en la historia del Club Remeros Paysandú, donde trabajó muchos años cuando aún no existía su piscina cerrada. La encontré sentada a la sombra. Me esperaba como a veces los viejos esperan que llegue alguien simplemente para conversar.

“A mí me gustó siempre el deporte y sobre todo la enseñanza. Antes de empezar con la natación trabajé unos cuantos años como maestra particular en las estancias. Siempre me gustó enseñar y tengo gratísimos recuerdos”, dijo cuando le pedí para hablar sobre su vida y vinculación con la natación como deporte.

Recordaba con exactitud la fecha en que había comenzado a trabajar en el Club Remeros: el 20 de noviembre de 1955. Tenía entonces unos treinta años de edad y anteriormente había trabajado con el profesor Alfredo Arévalo enseñando a nadar en el Balneario Municipal. “Enseñabamos en el río Uruguay, porque en aquella época en el Club Remeros no existía piscina cerrada. Había piscina flotante. Yo trabajaba con el profesor Wilfredo Raymondo, que era el entrenador y director técnico. Era difícil trabajar en el río porque no sólo había que enseñarle a nadar a los alumnos sino también vigilarlos muy bien: cuirar que no se empujaran, que no subieran arriba de los largueros, que no corrieran en las planchadas porque mojadas quedaban como jabón” (…) “En aquel tiempo toda la actividad se concentraba en el río. Se hacía natación y remo. Cuando se hizo el gimansio del Remeros se jugaba vóleibol y fútbol en el invierno”.

¿Dónde aprendió a nadar?, le pregunté. “Aprendí sola. No fue en el río, sino en el arroyo Sacra en la época que iba al liceo. Yo vivía en Artigas y 33 Orientales y no podía ir al río porque me quedaba bastante lejos.  Aprendí sola y después, mirando como nadaban los demás, me fui perfeccionando. Cuando iba a la playa Ferrocarril o la Muncipal me gustaba mirar como nadaban los que sabían, los nadadores”, dijo y luego agregó en tono de confesión: “No soy una gran nadadora. He cruzado el río algunas veces, pero siempre con un bote al lado. Sola nunca me animé”.

Pese a todo, la mejor alumna

Comentó que al comenzar a trabajar en el Club Remeros tenía “un montón de defectos” y la enviaron a hacer un Curso de Salvavidas habilitado para la Enseñanza en Montevideo.  “Allí el profesor Américo Benítez corrigió mis defectos excepto uno: no tenía fuerza en las piernas, posiblemente un defecto que tuve desde niña y mis padres no se dieron cuenta”.

Allí fue donde se dio cuenta por qué nunca había podido pedalear en un triciclo en sus años infantiles. “Nosotros éramos muy pobres y yo no tenía, pero  unas amigas tenía y un día me lo prestaron. No pude pedalear. Después con el tiempo y gran esfuerzo aprendí y también a andar en bicicleta”. “Cuando terminé el primer año del curso de salvavidas, el profesor me dijo que estaba corrigiéndome de a poco y que volivera al año siguiente. Y fui. Pero un día tiraron una bolsa de arena a la piscina para que la sacara y no pude porque me faltaba fuerza en las piernas. Al fin la pude sacar pero cuando  llegué al borde se me cayó. El profesor quería que siguiera yendo en verano pero yo no podía porque tenía que trabajar en el Remeros. Cuando fui al año siguiente estaba pasada de edad. Igual me dejaron entrar porque entendían el sacrificio que hacía para poder ir al curso”, agregó humildemente.

Los años pasaron y un día un compañero de Irene fue a hacer el mismo curso que ella no pudo terminar. Cuando volvió le dio una alegría inmensa por un motivo muy especial: el profesor Benítez le había dicho a ese joven que Irene Sosa había sido su mejor alumna.

“Le dije a mi compañero: –-Pero ¿cómo puede ser si no pude terminar el curso? La verdad es que yo estudiaba todo. Era la que más hablaba en la clase era yo…y eso que era la única mujer del grupo”. Es que el esfuerzo y la dedicación no fueron pocos aunque el objetivo final haya quedado inconcluso. Cada ser humano es único, al igual que cada circunstancia y no siempre éstas son como desearíamos.

“Tuve grandes satisfacciones”

Puesta a recordar los aspectos más sobresalientes de su vida, Irene aseguró: “Te garantizo que tuve grandes satisfacciones en aquellos veranos en el río”. Entre sus alumnos recordó a Ana María Norbis “una campeona sudamericana que ‘salió’ del río Uruguay”, a Esteban Masseilot y María Rosa Norbis, quienes fueron “los primeros campeones nacionales de natación” del Remeros.  Recordando a las hermanas Norbis agregó: “Posiblemente María Rosa nadaba mejor que Ana María, pero no encontraba competidores que le hicieran fuerza y entonces se aburrió y dejó de nadar”.

En aquella charla en el patio de uno de los pabellones del Hospital, también hubo lágrimas. No escribí eso en la nota original que publicó el suplemento Quinto Día de El Telégrafo. Ella aún estaba viva y para qué poner que había llorado. Pero fue de emoción. Puse sí que esa emoción era evidente cuando dijo: “Nunca voy a olvidar la noche en que El Telégrafo hizo sonar una sirena que se oía desde todo el centro de Paysandú porque Ana María había salido campeona sudamericana (…) Yo le había enseñado a nadar, la descubrí. Le enseñé crawl y espalda”.

Y luego me contó como descubrió a las hermanas Norbis. “Un día me dice Raymondo: –‘Negra, mirá que me voy al río a hacer remo. Te dejo libre la piscina por si querés trabajar’. Y allí estaban las hermanas Norbis jugando. Ellas me dijeron: ‘–Mirá que no te vamos a molestar. Vamos a hacer una competencia entre nosotras’. Ellas normalmente nadaban libre y espalda pero en esta ocasión decidieron hacer un cambio. Entre ellas se dio este diálogo:

–¿Vos qué hacés?

–Mariposa.

–Bueno, entonces y hago pecho…’

Y se tiraron al agua. “Me puse a mirarlas y ¡qué divino como nadaban! Nadaban perfecto. Cuando vino Raymondo le dije que si necesitaba pechista o mariposista las dos chiquilinas Norbis andaban que era un espectáculo. Las estuvo mirando, se embaló y empezó a trabajar con ellas pecho y mariposa”. El tiempo y el trabajo de las chiquilinas y su docente se encargaron de demostrar que Ana María tenía razón.

“Para que veas la calidad que tenía Ana María, te voy a contar una cosa que nos pasó en Concepción del Uruguay  donde habíamos ido a competir por la Copa Marcó. Las cosas se habían dado de tal forma que nos jugábamos la vida en una posta de 4 por 100 libre. Si ganábamos salíamos campeones y si no perdíamos el campeonato. La mayoría de los competidores nadaban crawl –que es el estilo más rápido– y un Club competidor nos llevaba 25 metros de ventaja cuando se tiró al agua Ana María que, nadando mariposa comenzó a descontar y descontar y descontar… Fue la única vez que yo vi que a Raymondo se le caían las lágrimas. Y Ana María descontaba y descontaba con aquel estilo tan suyo…y no solo que alcanzó al otro competidor sino que entregó la posta con una diferencia de cinco o más metors”, recordó.

Luego Irene hizo una pausa en el relato y reflexionó: “A Ana María si no la hubiera descubierto yo, lo habría hecho cualquier otra persona porque ella ya nació para ser nadadora”.

“Siempre me gustaron las difíciles”

Otra de las grandes satisfacciones de Irene en aquellos años fue enseñar a nadar a personas con discapacidad. Porque a ella siempre le gustaron las difíciles. Y además, porque su corazón era grande.

“Tuve la satisfacción de enseñar a nadar a una niña que había tenido polio y no podía caminar casi. Al verla en el agua parecía mentira que aquella criatura que caminaba apenas y con tanta dificultad y aparatos, en la piscina se entreveraba con los demás como si tal cosa … También le enseñé a nadar a un discapacitado mental y a un sordomudo. Una vez mi madre me preguntó cómo había hecho para enseñarles y la verdad es que hasta ahora no se, pero se puede”.

También fueron muchas las personas mayores que aprendieron a nadar con Irene. A todos los tenía anotados en una libreta que guardaba junto a fotos en los que generalmente aparecía rodeada de niños.

Preparadora física de fútbol y básquetbol cuando las mujeres no enseñaban esos deportes

Además de enseñar a nadar, Irene Sosa fue preparadora física y delegada en Atletismo. Y enseñó fútbol y básquetbol en una época en que las mujeres no enseñaban esas disciplinas. Consideraba que el Club Remeros había sido el iniciador del fútbol de salón a partir de la construcción de su gimnasio.

“Yo no sabía de preparación física, pero  unos muchachos hicieron un cuadro de básquetbol y me pidieron. Entonces Raymondo me dio unas indicaciones y me trajo un libro para que lo leyera y empezara a trabajar con los chiquilines. Después fui a trabajar con jugadores de distintos cuadros de fútbol: con Misiones cuando estaba en Primera A (Mismir, luego de su fusión con Miramar), con Los Sauces, Unión Portuaria, Sol de América, Libertad, Independencia y otros. Lo hacía por amor al deporte porque el único cuadro que me pagó fue Misiones. Otros, a veces me hacían regalos…Como me gustaba ese trabajo!”, recordó.

Una anéctoda

A pesar de su trato permanente con jóvenes, niños y deportistas de diferentes edades y aunque aclaró que siempre gozó del respeto de todos ellos, contó como anécdota “la vergüenza” más grande que pasó:  era un día había fiesta y competencias en el Club Remeros en el que estrenó malla nueva. “Estaba lleno de gente. Yo tenía un traje de baño azul eléctrico y lo había guardado para estrenar en esa ocasión. Muy tranquila empecé a bajar por el trampolín con algunos chiquilines y un muchacho empezó a gritar: ‘-Mirá, Irene tiene traje de baño nuevo’, ‘¡Viva Irene!”.

En 1976 Irene Sosa, a quien muchos de sus alumnos no conocieron vestida de ropa de calle, sino siempre en traje de baño porque “pasaba el día en el río” , se retiró definitivamente de la enseñanza de la natación.  El río Uruguay fue como su casa, un lugar que le dejó gratos recuerdos de tiempos felices. Un lugar en el que cuando hacía mucho calor nadaba hasta el fondo para tomar agua fresquita, que tenía playas de donde la gente sacaba para tomar mate… Un río que era ‘un cielo azul que viaja’, como dice la canción de Aníbal Sampayo.

Yo creo que cuando la entrevisté en 1994,en algún lugar de su gran corazón, a Irene Sosa le dolía el olvido de sus ex compañeros y alumnos aunque no lo dijo. Dijo sí que deseaba tener visitas. Unos mates compartidos para sobrellevar la ingrata compañía de la soledad. Y me atreví a escribirlo en la entrevista publicada. Porque Paysandú tenía una deuda grande con esa mujer que seguía activa a sus 70 años y que,  tras despedirme se dirigió a dar clases de gimnasia a otras señoras que estaban asiladas junto a ella en la Sala 12 del Hospital Escuela del Litoral. Hoy reescribo este artículo porque inicié una sección del blog dedicada a las mujeres sanduceras de todos los tiempos y pensé que Irene Sosa no podía faltar.

Escrito por Carol Guilleminot Coello, en base a una entrevista publicada en al revista Quinto Día de El Telégrafo, el 18 de febrero de 1994. La foto es una reproducción de la tomada por Abel Ozer Ami, compañero de tareas periodísticas y recordado fotógrafo sanducero fallecido en 1996. 

 

Otros artículos de la sección “Sanduceras”:

Guyunusa, chalouá sanducera

Marisa Almanci

Aquel lejano “concurso de siluetas”

 

Written by Rotafolio

3 Comments

Luis da Silva

Irene que amor de persona aprendi a nadar con ella un orgullo Sanducero Dion la tenga en su regazo

Jorge Firpo

Excelente Carol, el trabajo que has iniciado reconociendo a las mujeres sanduceras de todos los tiempos, muchas de ellas, olvidadas. Notable, vamos arriba!!!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *