Por Carol Guilleminot

La Navidad, fecha originalmente religiosa, se ha convertido con el transcurrir de tiempo en una celebración para buena parte del mundo. Es quizás la fecha del año en que más deseamos y nos deseamos felicidad. Tarjetas navideñas, cadenas de mails, mensajes por el celular, el chat o el correo electrónico, festejar con pirotecnia y cruzar luego de las 24 de hoy a la casa de los vecinos para decir «Feliz Navidad» da cuenta de una predisposición espiritual o anímica positiva de mucha gente. ¿Por qué lo hacemos? Seguramente que desde la religión, la sicología o la sociología habrá buenas y valederas explicaciones.

En tanto, el arbolito, las luces, los arreglos que se ven en las casas y las calles son factores son elementos demostrativos de ese aire navideño tan especial.

Parecería que en medio de un mundo convulsionado Diciembre brinda la oportunidad perfecta para escapar por un instante a la rutina y las urgencias diarias. Las fiestas tradicionales se vuelven un festejo que no requiere invitación para la reunión de familias y grupos de amigos a quienes nos resulta fácil encontrar ocasiones en que todos estemos disponibles para compartir una mesa y charlar largo y tendido.

Y así, el «Feliz Navidad» es diferente de los deseos de felicidad en cumpleaños, aniversarios y casamientos. Aunque la fecha afecta a las personas de diferentes maneras –y aunque no hay una explicación científica para los cambios que experimentan en esta época– parecería también que denominado «espíritu» de la Navidad es un estado de ánimo al que se llega debido a la predisposición de ser feliz ante el término de un año y el inicio de otro.

La Navidad hace de Diciembre un mes en el cual las personas se miran a sí mismas y se animan a soñar, se animan a reír y se toman el tiempo para reunirse en ruedas familiares y recordar con alegría; otros se dan permiso de olvidar por un instante los problemas y también es una oportunidad para reflexionar.

En la historia de la Humanidad, al igual quizás que en la vida de muchos de nosotros, ha habido épocas desesperadas, que no se atrevían a pregonar la existencia de la felicidad, incapaces de soñar con un mañana mejor. También hubo otras en que los hombres después de haber comprobado su irremediable miseria, pusieron su confianza en un más allá en espera de justicia. Y quizás no haya habido época que haya tenido a la felicidad tan en alto como la que concibieron los racionales del siglo XVIII: felicidad inmediata, voluntaria y terrenal.

Como dice Paul Hazard, «era en cierto modo una forma de contentarse con lo posible sin perder lo absoluto; una felicidad hecha de justo medio, que excluía la ganancia total, por miedo a una pérdida total». Los filósofos dieciochescos razonaban más o menos así: pongámonos en  tal disposición de espíritu que comprendamos cuánto nos supera lo que nos es favorable a lo que nos es contrario. Adaptémonos a la vida puesto que ella no se adaptará a nosotros. «El jugador hábil pasa cuando se presenta una mala jugada, aprovecha sus cartas y acaba ganando la partida; mientras que el jugador torpe pierde siempre”, decían.

¿Por qué traer esto a colación? Porque difícilmente haya habido otra época en que la felicidad movilizó tanto a la intelectualidad; a punto tal que la filosofía no fue ya otra cosa que la búsqueda de los medios para ser feliz. Luego vinieron otras épocas. Todas nos dejaron lo suyo. Hoy, en un mundo tan desigual como el de siempre y a la vez tan distinto en miles de cosas, casi nadie habla públicamente de la felicidad. Quizás el consumismo nos ha llevado más a gratificarnos que (pre)ocuparnos de nuestra propia felicidad. Salvo en Navidad. Parecería entonces que cada año esta es la época en que mucha gente se da permiso para ser feliz, para desearlo y admitirlo sin culpas.  Feliz Navidad!

Foto: aidarile (vía Flickr, CC)