Toda ciudad tiene, por pequeña y humilde que sea, lugares que extrañaría mucho su gente si no existieran. Las ramblas y los paseos costaneros, junto con las plazas y parques encabezan esa lista. Son sitios con particularidades geográficas e históricas que comparten la característica de ser espacios públicos.

¿Qué representa el espacio público para cada uno de nosotros? ¿Qué tanto incide en la conformación de nuestra identidad? Son preguntas que sociólogos, filósofos y urbanistas, entre otros, debaten desde hace mucho.

Puede definirse básicamente el espacio público como el lugar donde cualquier persona tiene el derecho de circular, en oposición a los espacios privados, donde el paso puede ser restringido, generalmente por criterios de propiedad privada, reserva gubernamental u otros. Por tanto, espacio público es aquel espacio de propiedad pública, dominio y uso público.

Indudablemente que la noción de espacio público, sus características y funcionalidad ha cambiado mucho desde la antigua Grecia hasta la actualidad cuando incluso algunos consideran que las redes sociales y espacios virtuales como Facebook,  hi5 o Myespace son construcciones sociales y culturales que la gente elabora para interactuar en un espacio público digital.

Ahora bien, los espacios públicos tradicionales, aquellos en los que buscamos para recibir  el sol en la cara, pisamos su césped, arena, saludamos conocidos con un bocinazo, un apretón de manos o un beso, compartimos un mate y comemos tortas fritas; esos espacios públicos, son bien diferentes.

Son lugares de anclaje. Los buscamos para satisfacer una necesidad personal de contacto, no siempre consciente, que puede referirse a otros seres humanos, la historia o la naturaleza circundante.

Aunque invitamos a nuestros amigos, pareja o hijos a tomar unos mates a la playa, no es a tomar mate a lo que vamos. Eso lo podemos hacer en casa. Vamos a disfrutar y vivir junto a ellos lo que el espacio público nos ofrece, ya sea una espléndida puesta de sol a orillas del río, el disfrutar viendo a los gurises andar sin peligro en patines o bicicleta por la explanada de la plaza Artigas, el aire fresco al costado de la ruta, el ser parte de la movida joven del cantero de la playa, o el simple disfrute de tirar el anzuelo en el muelle o en algún arroyo y esperar a ver si “pica” algo mientras la mente se distrae en vericuetos insondables o hace la plancha en el relax de no pensar en nada.

El espacio público tiene, pues, un aspecto afectivo y vivencial al que, cada uno de nosotros, como usuarios contribuimos.

El ciudadano es una parte indispensable del espacio público puesto que es él quien lo dota de significación. Allí, las personas se reúnen, se encuentran, conversan, debaten y reflexionan. Comparten. Acudimos a ellos para sentirnos parte de algo. Refugio de identidades, nos devuelven nuestro sentido de pertenencia y hacen que nos resulte difícil pensar qué haríamos un sábado o un domingo si no estuvieran.