Los sanduceros tenemos una conexión especial con el río Uruguay. Tenemos alma litoraleña. Para comprobarlo basta darse una vuelta cualquier tardecita de verano por la costa. Generaciones enteras han pasado por el Balneario Municipal o «la Park» en mañanas de juegos en la arena, almuerzo al aire libre bajo algún árbol o tardes abrasadoras que sólo pueden ser sobrellevadas en la proximidad del agua.

Durante muchos años los niños de este suelo no supieron lo que era el río, pero una vez reanudado ese contacto ancestral entre el ser litoraleño y este curso de agua, cuesta mucho renunciar a él.

En tiempos normales, por estas épocas la costa recibe la visita tempranera de los que llegan a tomar mate y se acomodan en sillas bajas con en la orilla a leer el diario, a las mujeres que toman sol o hacen gimnasia, a los guardavidas que se disponen a empezar otra larga jornada mientras algún pescador regresa, alguien entrena nadando y algún otro prende motores o alza velas y se pone en marcha.

Luego, al sonido del chapoteo de los gurises cuando entran corriendo al agua, su risa cantarina y al murmullo enredado de las conversaciones que se entrecruzan en el aire cuando cerramos los ojos escondiéndonos bajo el pedacito de sombra que podemos lograr con la sombrilla ante el rabioso sol de frente, sucede el remanso de paz que es el río en las tardecitas.

Un mar de colores

¿Nunca te quedaste hasta que oscurece? Te has perdido un buen espectáculo. Cuando las horas intensas han quedado lejos, el río ofrece un mar de colores. Los árboles de la orilla de enfrente parecen apenas una sombra delante del lugar donde duerme el sol y, sin embargo, unos segundos antes que eso ocurra, el poniente parece una paleta de algún pintor que gusta de los tonos tenues.

Rosas, naranjas, violetas y grises pasteles también inundan el cielo hacia el lado del Remeros, mientras los amarillos piden permiso desde el Norte. Allí, las luces del puente son puntitos que poco a poco van robusteciéndose hasta convertirse en algo así como una guirnalda que atraviesa el río.

La silueta de los gurises recortadas en el horizonte son dignas de una foto y, mientras se termina, el mate se pone cada vez mejor, dejándolo a uno con ganas de más. Llenos de colores, también los ojos tienen ganas de más pero el momento mágico ha terminado. Es noche y, sin embargo da pereza cortar la charla, juntar las cosas y volver a casa…