Ilustración: Oscar Scotellaro.

Aún era noche cuando el hombre se levantó, aprontó un amargo y, solitario, se encaminó al patio a buscar la leña que había cortado el día anterior.

Prendió el fuego y mientras las tímidas llamas comenzaban a consumir la madera que hasta no hace mucho había sido árbol, el paisano destapó el brocal.

Sus brazos firmes y curtido despeñaron hacia el fondo del pozo la cantarina cadena del balde. El agua fresca le pareció fría ese día del otoño recién nacido pero, con ganas, se lavó la cara y después llenó la caldera que tenía a sus pies.

Puso el agua a calentar y mientras esperaba caminó unos pasos hasta llegar al corredor de la estancia. Salir, aspirar fuerte, levantar la cabeza y mirar hacia arriba era su manera de saludar el día, como queriéndoselo beber en el momento de su mayor inocencia. Sonrió al pensar en eso como un ritual que a la vez que lo ubicaba en su justo lugar, mostrándole su finitud humana frente a la inmensidad de a creación, lo purificaba por dentro.

En el cielo había unas pocas estrellas además del Lucero. Justo cuando pensó que mejor sería aprontar los aperos fue cuando lo vio. De inmediato supo que era algo raro, excepcional, diferente y se quedó maravillado mirándolo:

-Las cosas que hace Dios!, pensó.

Era el 12 de abril de 1901. El hombre: un administrador de estancia de Paysandú que pasó a la historia coo Viscara (pero cuyo apellido probablemente debe haber sido Vizcarra) y se cree que fue una de las primeras personas en el mundo que vio el Gran Cometa del año 1901.


Si te interesa el tema, aquí puedes leer una investigación periodística que realicé sobre el descubrimiento de este cometa y sobre Lorenzo Kropp, pionero de la observación de nuestro cielo. La misma fue publicada en la revista Quinto Día, de El Telégrafo (ver pág. 5).