Me empiezo a preguntar
dónde quedó esa luz
esa alegría inmensa de barrilete nuevo,
en qué estación de tren
me fui volviendo adulto.

 (Víctor Heredia, “Tiempo de infancia”)

 Se termina el año. Los cuadernos en un cajón. La túnica ha quedado olvidada. Son éstos, días de armar el arbolito y  escribir postales y cartas. El fin de las clases viene con efusión de subjetividades y alegrías desbordadas. Es tiempo de reunión y familia. Y después…después viene enero, con sus horas largas. Así vivimos las vacaciones en la infancia. Las que ya pasaron y las deseadas.

Está a punto de comenzar el recreo del año. El tiempo de ocio que nos permite la libertad de volver a los días sin reloj, sin agenda ni apuro.

Quien ha pasado alguna vez sus vacaciones en lugares ajenos a su casa sabe que ellas empiezan antes de subirse al auto o el ómnibus porque lo que uno pone en el bolso o la valija es parte sustancial del viaje. La ropa y cosas que elegimos llevar tienen mucho que ver con lo que deseamos hacer.

En definitiva, lo que embolsamos antes de salir de vacaciones es un esquema, un borrador de nuestros deseos y ansias. Porque a la hora de planificar un viaje de vacaciones y luego, durante éstas, pareciera que reencarna en nosotros algo de infancia. Como si algún pase mágico nos prestara, emergiendo desde algún rincón de la memoria, ojos y ánimos nuevos. Libertad para vivir al día sin pensar en mañana.

Quien ha pasado sus vacaciones en casa, sabe también que lo que uno elige hacer en esos días tiene también mucho que ver con la infancia: pasear, dormir, leer, hacer helados, salir, ir al arroyo o a la playa.
En cualquier caso, las vacaciones son siempre un regreso a la infancia y si hemos sido niños felices, ella ha trazado el modelo. Es el metro con que medimos el disfrute.

Al contrario de lo que ocurre en la cotidianeidad adulta, la aventura está siempre presente en un niño, ya sea en una excursión a la selva de los cañaverales del fondo, tirando piedras con una honda en algún camino, juntando pasto para los Reyes Magos, construyendo castillos de arena, siguiendo un caminito de hormigas o buscando caracoles en la playa.

De grandes sabemos que las vacaciones son apenas un delicioso paréntesis al término del cual volvemos generalmente al ámbito de lo mismo. Sin embargo, los championes que regresan sucios son la evidencia de que es posible volver de prestado a la infancia una vez al año. Y las fotos que sacamos no son ni más ni menos que el afán de hacer perdurar ese tiempo subjetivado. Tan teñido de lo que fuimos y lo que queremos ser, tiempo nutricio, compartido y ¡tan bien gastado!

Por Carol Guilleminot Coello

Foto: Liana Guimaraens